Showing posts with label Óscar Arias Sánchez. Show all posts
Showing posts with label Óscar Arias Sánchez. Show all posts

Tuesday, August 06, 2013

Hiroshima: 68 años de paz

Para quienes amamos la paz y laboramos para forjarla, estar en Hiroshima en la ceremonia oficial de conmemoración de la detonación de la bomba atómica es un raro honor que obliga a reflexionar profundamente y compartir las lecciones que este evento nos recuerda año a año. 

La guerra ya había sido lo suficientemente cruenta. ¿Cuál guerra no lo es? Había pobreza por doquier, desesperanza sobre el sombrío porvenir y aún continuaba el combate. La noche antes sonaron sirenas de amenaza de bombardeo durante toda la noche, atemorizando a la ciudad entera de 400.000 personas. Hiroshima era de las pocas ciudades japonesas que no había sido bombardeada todavía. Sin embargo, la noche transcurrió sin incidentes y al amanecer se silenciaron las sirenas. Debe haber sido un silencio ominoso. 

A las 8:15 de la mañana, cuando la gente intentaba nuevamente acceder a la normalidad de un estado de guerra que ya se prolongaba en Japón por demasiados años, cuatro aviones bombarderos sobrevolaron la ciudad y uno de ellos liberó la que sería la primera bomba atómica sobre un territorio habitado por seres humanos. 

La bomba detonó a 600 metros sobre el suelo. Su efecto causó un domo de fuego que calcinó a la ciudad en un radio de dos kilómetros del hipocentro, con temperaturas de hasta 4000 grados centígrados. Todo en ese radio fue evaporado o reducido a cenizas en dos segundos. Una gran luz, un gran retumbo, seguidos de una oscuridad como si fuera de noche y de un silencio sepulcral, literalmente. 

Los sobrevivientes quedaron inmersos en la vasta confusión de quien no sabe qué sucedió con todo aquello. Quemados hasta los huesos, muchos murieron implorando por agua al anochecer. Otros batallaron hasta fallecer días o meses después. Para diciembre de aquel 1945, 140.000 habitantes de esta ciudad habrían fallecido como consecuencia directa de la explosión atómica. 

Las secuelas que dejó la bomba se sienten hasta la fecha. Miles de niños huérfanos, decenas de miles con enfermedades desconocidas producto de la radiación que fueron denominadas "enfermedades de la bomba atómica", y la inmensa mayoría, víctimas de la discriminación de otros por temor a estar contaminados con radioactividad. 

Han pasado casi dos generaciones y el recuerdo de aquel día todavía refleja lo absurda que es la guerra. Hombres trabajan intensamente para que mujeres y niños, inocentes e indefensos, sufran y mueran. Así se mide el "progreso" de la campaña. Se consumen todos los recursos disponibles, sobre todo las mejores mentes y manos de los mejores jóvenes, para seguir disparando, atacando, invadiendo, anotándose triunfos pírricos. Preguntarse quién gana una guerra es como preguntarse quién gana un terremoto o un huracán. 

En la ceremonia oficial de hoy, hubo primero una ofrenda de agua para las víctimas que aquel día murieron de sed, quemados por dentro y por fuera. Cinco pájaros negros, cuales invitados lúgubres, sobrevolaron el cenotafio en honor a las víctimas al son de una música fúnebre, solemne y estremecedora. 

Según relatara anoche el señor Keijiro Matsushima, sobreviviente de la bomba atómica que tenía 16 años aquel día, el accidente nuclear de 2011 en Fukushima equivalió a una tercera bomba atómica para Japón, sobre todo para los miles de habitantes de la localidad que han sido desplazados  permanentemente de sus tierras, de sus casas, de sus comunidades. "No estábamos preparados para el uso de la energía nuclear, aún con fines pacíficos", relató.

Por ello la energía atómica, empleada para bien o para mal, reitera el absurdo de su poder destructivo. Que haya países que aún intenten desarrollar esas tecnologías o compartirlas con otros, o los que comercien la materia prima y material radioactivo para la generación de esta fuente de energía es, además de una vergüenza para la civilización, una amenaza constante que se cierne sobre la humanidad y que atenta contra toda la vida en el planeta. 

Este es mi sesgo en parte por ser un activista de la paz, en parte por ser un ciudadano de la desmilitarizada República de Costa Rica. Se requiere mucha valentía para abolir un ejército militar como lo hizo mi país 65 años atrás. Sugiero que se requiere igual valentía para abolir y erradicar de la faz de la Tierra las armas y la energía nuclear. De esa valentía deben estar dotados nuestros líderes y gobernantes. 

Hago eco de las palabras que dejó inscritas para siempre en el Museo de la Bomba Atómica aquí en Hiroshima, el 6 de octubre de 1990, el Dr. Óscar Arias Sánchez, Premio Nóbel de la Paz: 

"Que las imágenes de este museo se graben en las mentes de los hombres y mujeres del mundo para que nunca más se repita una tragedia semejante. Porque la paz no tiene fronteras, por conseguirla debe trabajar la humanidad entera."



Saturday, May 19, 2012

Sobre vegetarianismo

Mi buen amigo Felipe Castro Truque ha compartido un estupendo ensayo de Paul Watson, famoso por su proyecto Sea Shepherd, sobre vegetarianismo desde el punto de vista de los esfuerzos por la conservación medioambiental.

Me especialicé académicamente en transformación de conflictos y desde entonces me resulta un hábito bastante sencillo identificarlos. El 6 de julio de 2007, el entonces presidente de la República, Óscar Arias Sánchez, sonó fuerte la alarma del cambio climático por parte de su desafortunadamente infame discurso de Paz con la Naturaleza, declamado en un inmejorable escenario en el Teatro Nacional. Ese día sentí un llamado de conciencia y decidí comprometer mis mejores esfuerzos el resto de mi vida por combatir lo que, a mi juicio, constituye el más grave y complicado conflicto que la civilización humana y el planeta vivo jamás haya enfrentado: el cambio climático antropogénico.

Desde entonces inicié un afanoso trayecto de estudio de las causas y las consecuencias según el criterio de expertos y escépticos. He invertido miles de horas leyendo y conversando con expertos, elaborando hipótesis, escribiendo en mis notas y en este blog al respecto, intentando diagnosticar el conflicto de una manera que nos permita transformarlo eficazmente.

La misma noche del discurso Paz con la Naturaleza recibí confirmación de mi designación como diplomático en la primera Embajada que Costa Rica abriría en la República Popular China. Así que también invertí cientos de horas estudiando sobre el gigante asiático. Comprender los hábitos de consumo y el vertiginoso crecimiento económico y proyecciones futuras de aquel enorme país me permitió asociar los puntos para entender que nuestro planeta se encontraba en curso de colisión entre los recursos naturales disponibles y los recursos naturales que estábamos consumiendo.

En 2008, y tras consultas con mi nutricionista, decidí explorar el vegetarianismo como una manera de realizar un sacrificio personal para entender el esfuerzo colectivo que debíamos realizar como civilización para sensibilizarnos sobre el conflicto y reducir mi huella ecológica individual. Adopté esta dieta como resolución de Año Nuevo y desde el 31 de diciembre de 2008 suspendí el consumo voluntario de todo tipo de animal y sus derivados lácteos. Por recomendación de mi nutricionista, consumo 1000 mg de aceite de pescado en cápsula por día, así como 6 huevos no fecundados de gallina por semana, ya que el cerebro requiere de un amino ácido que sólo existe en proteína de origen animal. El resto de mi proteína la obtengo de frijoles, lentejas, tofu, nueces y semillas, vegetales de hoja verde, y demás.

Deseo agregar que, por razones laborales, me he visto comprometido a comer carne en platillos que han sido servidos en ejercicio de mi cargo diplomático como embajador en Japón, muy especialmente durante el almuerzo que el Emperador Akihito le ofreció a la presidenta costarricense Laura Chinchilla durante su visita a Japón en diciembre de 2011, y la cena que le ofreció el primer ministro Yoshihiko Noda en la misma ocasión. Desde hace más de tres años aprendí que la comida es alimento y energía para el cuerpo y el cerebro, así que como lo que haya en el plato sin cuestionar su sabor o mi gusto por aquello. Es cuestión de actitud.

Quiero dejar claro que hasta mis 32 años de edad fui un omnívoro voraz. Comía de todo y en exceso. Dejar la carne implicó un compromiso inimaginable apenas unos años atrás. De hecho, lo asumí como un experimento para ver cuánto tiempo soportaría la tortura auto-infligida. Los primeros 11 días fueron difíciles. Tuve pesadillas de que me sentaba a comer con mucha hambre y sólo había carne en la mesa. El 11 de enero de 2009, durante mi meditación matutina, visualicé que se levantaba de mis espaldas un enorme peso, y comencé a sentirme muy liviano, no sólo de cuerpo, sino de mente y de espíritu, de intenciones y de emociones. Empecé a disfrutar de la sensación hasta la fecha.

Aún no he encontrado una buena razón para volver a comer animales, aunque sí debo admitir que la resolución de Año Nuevo de Mark Zuckerberg de 2011 me resultó atractiva: comer sólo carne de animales que uno mate con sus propias manos. Me ilusiona pensar que podría vivir criando y sacrificando para alimento mis propias gallinas, conejos y pescados algún día.

Creo importante mencionar que, de los gases que producen el efecto invernadero que afectan el cambio climático, aproximadamente un tercio proviene de vehículos automotores, un tercio proviene de deforestación y un tercio proviene de la industria cárnica, según lo reportó el Dr. Rajendra Pachauri, Premio Nóbel de la Paz y director del Panel Intergubernamental de Cambio Cimático en 2008, lo cual fue muy polémico entre los productores de carne del mundo.

También creo importante mencionar que el 99% de personas en el mundo no tiene una noción clara del cambio climático. O sea, no comprende la ciencia que respalda las mediciones, causas y consecuencias actuales y futuras, y cree que es algo que puede resolverse con el simple paso del tiempo.

Hay dos mil millones de personas que son ricas (hogares con ingreso mensual por persona de más de US$1000) o aspirantes a ricas (hogares con ingreso mensual por persona de entre US$300 y $1000). Los restantes cinco mil millones de personas invierten la totalidad de su tiempo y sus energías y emociones en procurar sustento diariamente, desde agua potable, como las señoras indígenas con las que conviví en Guatemala que dedicaban seis horas hábiles por día, siete días a la semana todas sus vidas, a ir al río por un poco de agua para poder beber, cocinar, lavar, limpiarse el cuerpo; hasta leña para cocinar y, por supuesto, comida, abrigo, techo, salud, seguridad, y toda otra necesidad humana básica que no tienen satisfecha como servicio adquirido.

Esto me parece pertinente porque si estás leyendo este blog quiere decir que formas parte de aquellos dos mil millones cuyo consumo individual de recursos naturales del planeta es cientos de veces mayor al promedio per capita en el planeta, y miles de veces mayor a lo que consumen los dos mil millones que menos consumen. Esto no sólo nos responsabiliza sobre las causas que provocan el cambio climático, sino que nos exige liderar la transformación.

Si no somos nosotros, entonces quién? Y si no ahora, entonces cuándo?